Tailandia avanza en su lucha contra el sida, pero el estigma permanece

,

El estima permanece para los enfermos de sida en Tailandia

Este artículo fue previamente publicado en Equal Times

Sida en Tailandia - Kitti, de 46 años, está tan debilitado por la enfermedad que debe usar pañales. Se infectó después de tener relaciones sexuales con su esposa. Llegó al templo hace tres años, después de la muerte de su mujer. Ningún miembro de su familia cuida de él. Foto de Antolín Avezuela

Kitti, de 46 años, está tan debilitado por la enfermedad que debe usar pañales. Se infectó después de tener relaciones sexuales con su esposa. Llegó al templo hace tres años, después de la muerte de su mujer. Ningún miembro de su familia cuida de él. Foto de Antolín Avezuela

Sida en Tailandia

Pon quedó devastado tras una visita rutinaria al médico hace ocho años, cuando éste le informó de que era portador del virus de inmunodeficiencia humana (VIH) y padecía sida. Tras conocer la noticia decidió irse de casa, sin informar a sus familiares. Desde entonces vive refugiado en Phra Bat Nam Pu, un monasterio situado a 150 kilómetros de Bangkok que ha levantado un hospicio para tratar a enfermos de sida.

“Mi familia no sabe dónde estoy ni que tengo sida. Me divorcié de mi mujer y me marché”, relata Pon a Equal Times.

El estigma asociado con esta enfermedad mortal sigue siendo fuerte en Tailandia, lo que empuja a muchos a viajar por iniciativa propia desde cualquier punto del país hasta el monasterio. Otros pacientes son sencillamente abandonados en este lugar por sus familiares.

“A veces iba a ver a los enfermos al hospital, y, en 1991, algunos comenzaron a venir a visitarme aquí; fui una alternativa para ellos”, asegura el doctor Alongkot Dikkapanya, monje principal de este proyecto que atiende hoy a más de 1.500 hombres, mujeres y niños, la mayoría de éstos huérfanos.

En la unidad de cuidados intensivos del centro se encuentran actualmente 141 pacientes. Cuando el estado de salud de los enfermos mejora, éstos pueden quedarse en unas casetas habilitadas en el monasterio donde los empleados, así como los monjes y voluntarios, continúan haciéndose cargo de ellos.

La respuesta de Tailandia frente al sida ha sido ampliamente aplaudida por lograr uno de los mayores éxitos a nivel internacional. El número de nuevos casos de infectados con VIH en el país ha pasado de 24.000 en 2001 a 6.900 en 2015.

El caso de Tailandia es muy significativo, ya que fue uno de los primeros países, junto con Sudáfrica y Camerún, en introducir tratamientos antirretrovirales gratuitos contra el VIH. El tratamiento (comúnmente conocido como TAR) ayuda a las personas seropositivas a vivir una vida más larga y saludable.

El estigma que se cobra nuevos casos

Pero a pesar de los avances, a las personas diagnosticadas con sida en Tailandia se les siguen negando las oportunidades de trabajo que necesitan para tener una vida normal y, generalmente, son rechazadas por su entorno inmediato.

Una percepción negativa del virus, de la enfermedad y de los portadores y enfermos impregna la sociedad tailandesa y hace mucho más difícil erradicar el VIH, ya que el virus está relacionado con el comercio sexual o con el uso de drogas, actividades ilegales que hacen fruncir el ceño en el país, como en muchos otros.

“Se trata de actitudes que toman mucho tiempo cambiar”, expone a Equal Times Tatiana Shoumilin, directora del proyecto de ONUsida en Tailandia.

Una pescadilla que se muerde la cola, porque lo que suele ocurrir –y que se deriva de esa percepción– es que muchas de las personas infectadas con el virus tienen miedo a descubrir en una prueba médica su infección, lo que supone que entran más tarde en el sistema de salud, y, consiguientemente, el tratamiento antirretroviral se retrasa.

Las consecuencias de esta tardanza son, potencialmente, extremadamente graves: cuando una persona infectada con el VIH toma antirretrovirales, el riesgo de desarrollar sida (fase final y avanzada de la infección crónica por el VIH) disminuye considerablemente.

La mayoría de los enfermos que se encuentran en el monasterio han sido abandonados por sus familiares.

“Cuando nuevos pacientes llegan [al centro] les hacemos rellenar un formulario y deben marcar con una cruz qué hacer con sus cuerpos cuando mueran, porque las familias no vienen a recogerlos”, explica a Equal Times Thong, nombre ficticio de uno de los trabajadores del centro que prefiere mantenerse en el anonimato.

Entre las opciones se encuentra la de momificar los cadáveres para exponerlos en una sala a pocos metros de la clínica, una iniciativa que partió de las propias víctimas en vida para concienciar a la población sobre el carácter letal de la enfermedad.

“Cuando somos nosotros los que tenemos que decidir qué hacer con los cuerpos, los incineramos”, informa Thong.

El templo de los enfermos de sida

Un paseo por Phra Bat Nam Pu no está hecho para los débiles de corazón. Algunos de los pacientes viven aquí desde hace años y están muy debilitados por la enfermedad; no pueden comer, ir al lavabo o cambiar sus propios pañales. Otros yacen casi desnudos y empolvados de talco a consecuencia del calor del trópico, sin fuerzas para cubrir un cuerpo que apenas reconocen. Todo en completa solitud.

Rachen, un exadicto a la heroína que se encuentra en el monasterio, fue exiliado por su comunidad después de infectarse con el virus al compartir una aguja con otro adicto. Pero una de las causas más comunes de la contracción del VIH (y que hace que se extienda rápidamente) es mantener relaciones sexuales sin protección.

Pon contrajo el sida cuando mantuvo relaciones sexuales con una prostituta. 
Alia representa la otra cara de la historia; a ella la contagió su marido, y, posteriormente, fue abandonada en el monasterio.

“[Desde que llegué al monasterio] nadie [de mi familia] cuida de mí”, cuenta la mujer a Equal Times.

Alrededor de 10.000 personas han dado su último suspiro en el centro desde que éste comenzó a recibir pacientes a principios de los años 90.

Según las estimaciones de ONUsida de 2015 alrededor de 440.000 personas viven con el virus VIH en Tailandia (180.000 mujeres, 250.000 hombres –mayores de 15 años–, y 4.100 son niños, desde recién nacidos a 14 años), un país que cuenta con una población de 67 millones.

Los contagiados con VIH tienen acceso a los medicamentos en Tailandia sin tener que pagar honorarios médicos inasequibles. La Organización Mundial de la Salud (OMS) anunció además el pasado mes de junio que Tailandia se ha convertido en el primer país asiático en eliminar la transmisión del VIH de madre a hijo. Su eliminación se define como una reducción de la transmisión a un nivel tan bajo que ya no constituye un problema de salud pública.

El mensaje del doctor Poonam Khetrapal Singh, jefe de la OMS para el sureste de Asia, es optimista: “Tailandia ha demostrado al mundo que el VIH puede ser derrotado”, dijo recientemente en un comunicado. Para ello, dijo, es crucial asegurar que nadie se quede atrás para poner fin a una epidemia que se ha cobrado miles de vidas.