El poema de la discriminación

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Un texto tradicional, el Chbab srey, que se enseñaba en las escuelas, actúa aún en Camboya como ley oficiosa para disciplinar a las niñas y contribuye a su discriminación

Este texto fue previamente publicado en El País Planeta Futuro

Ey, una mujer camboyana, trabaja junto a su casa en la provincia de Tboung Khmom.

Un proverbio camboyano dice: “los hombres son de oro y las mujeres son de tela”. Las que han perdido la virginidad antes de conocer a su marido son consideradas tela usada. Manchada. Rota. Los hombres, no importa la vida sexual que lleven, solteros o casados, siguen siendo oro. Es una regla que se inculca a la mujer desde la niñez a través de la Chbab srey, un poema rítmico que actúa como ley oficiosa del silencio para las mujeres.

Kraen soportó las palizas diarias de un marido alcohólico sin denunciarlo, ni siquiera cuando le provocaban inflamaciones de la cabeza y heridas. “Podrían mirarnos por encima del hombro, por eso no conté nada”, dice la mujer al explicar su temor al estigma social. “Le pedí el divorcio varias veces, pero él no estaba de acuerdo”. Fue su hija de 20 años, que también había sufrido los abusos, la que un día salió corriendo de casa para contárselo al líder de la comunidad.

La actitud pasiva de Kraen es parte del legado de Chbab srey, que formaba parte del currículo escolar hasta el año 2007 y cuya influencia permanece intacta en la cultura jemer. La norma establece que la mujer ideal camboyana debe mostrarse “apacible, suave, obediente y tímida”,señala un informe de Amnistía Internacional (AI) sobre violencia sexual en el país. “Sé respetuoso con tu marido. Sírvele bien y mantén viva la llama de la relación. Sino, se quemará. No traigas problemas de fuera dentro de casa. No saques los problemas internos fuera de casa”, enseña.

La consecuencia es una relación desigual en la que los hombres pueden visitar burdeles sin perder estatus social, mientras las mujeres son las encargadas de los asuntos familiares bajo el tutelaje de los varones. Mientras ellos dominan la esfera pública, la sumisión de la mujer permanece intacta a pesar de que su participación fuera de casa ha aumentado. La esposa perfecta sigue siendo la que, cuando es gritada o pegada, guarda silencio como lo hizo Kraen.

El 22% de las mujeres camboyanas asegura haber sufrido abusos físicos, sexuales o emocionales a manos de sus maridos, según la Encuesta de Demografía y Salud de Camboya (CDHS) del año 2005 —los datos más recientes—. La deshonra y la tradición asociada al código de conducta que se enseña a las niñas es una lacra que permite cometer abusos bajo un aparente clima de impunidad.El 96,2% de los hombres y el 98,5% de las mujeres camboyanas considera que una mujer debe obedecer a su marido, según un estudio de cuatro agencias de Naciones Unidas de 2013. El mismo informe, señala que el 67% de las mujeres considera que debe tolerar la violencia para mantener en orden la familia. “El Chbab srey ya no se enseña en la escuela pero algunos padres, especialmente los más conservadores, lo continúan citando para disciplinar a sus hijas”, explica Mom Chantara Soleil, de la ONG Plan Internacional.

El 96,2% de los hombres y el 98,5% de las mujeres camboyanas considera que una mujer debe obedecer a su marido

Estas estructuras sociales desaparecieron durante la era de los jemeres rojos, un régimen brutal que exterminó a alrededor de dos millones de personas —una cuarta parte de la población— entre 1975 a 1979. Durante aquellos años, algunos camboyanos mataron a sus padres para mostrar fidelidad al nuevo régimen comunista, vieron morir a sus vecinos y se desintegraron las familias. Un número indeterminado de mujeres fueron esclavas sexuales, se prostituyeron por supervivencia a cambio de comida o medicinas, fueron obligadas a casarse o víctimas de violencia sexual.

Estos datos han sido publicados recientemente en un informe del Ministerio de Asuntos de las Mujeres que ha roto el silencio sobre los abusos que se cometieron durante los años del holocausto asiático. Raksmey (nombre ficticio), de 56 años, fue violada por los soldados y cuando su marido supo lo que le había sucedido, comenzó a insultarla y discriminarla. Su caso, y el de otras mujeres violadas, está siendo estudiado por la Asociación Transcultural Psicosocial de Camboya (TPO). “El régimen de los jemeres rojos terminó hace 35 años, pero sigue teniendo consecuencias todavía hoy“, explica Sarath Youn, jefe de proyecto de esta organización. En su día, Raksmey no recibió tratamiento psicológico: el régimen acabó con aquellos que tenían estudios universitarios, como los psicólogos.

“El 70% de la población sufre síntomas postraumáticos. Durante aquellos años se destruyó el Estado. Era la ley de la selva. Se cometieron violaciones y delitos en un clima de impunidad. Lo que se ha heredado es un Estado débil, falta de capacidades y miedo a reportar los abusos. La problemática más importante sobre la violencia de género en Camboya es el elevado grado de impunidad de los maltratadores y violadores, la escasa aplicación de las leyes en torno a la violencia de género y la ineficaz respuesta policial”, expone Rodrigo Montero, asesor de la agencia alemana de cooperación (GIZ, por sus siglas en alemán) en el gabinete de la ministra de Asuntos de las Mujeres.

En Camboya, en los casos de violación o malos tratos, la solución más habitual es recurrir a los acuerdos extrajudiciales —Samroh-samruol, en idioma jemer— o al código de conducta tradicional que se enseñaba a las niñas en la escuela. “Las mujeres son compensadas con dinero, se les pide guardar silencio o que se vayan de casa cuando su marido está enfadado”, explica Sum Dany, miembro de la Red de Empoderamiento de las Mujeres Jóvenes de Camboya. “Es frecuente que estas mediaciones victimicen doblemente a las mujeres y no contribuyan a reparar el daño psicológico causado ni a penalizar a los varones maltratadores de manera contundente”, destaca Montero.

La muerte de la hija de Kraen y Suy fue el desencadenante de que él comenzara a beber y a pegar a su esposa. ANA SALVÁ

Algunas mujeres desisten de denunciar los hechos a las autoridades por temor a que no las crean. Esto sería inútil para obtener justicia y podría incluso empeorar la situación al ponerlas en peligro de represalias, deshonra y pérdida de reputación en sus comunidades. En el caso de violación, sólo un hospital público de cada provincia y unos pocos grandes de la capital pueden emitir certificados admisibles como prueba en los tribunales. Aquellas mujeres con lesiones que requieren tratamiento deben visitar al médico varias veces, y para aquellas que viven en las provincias, una sola visita al hospital, puede suponer un gasto al que no pueden hacerle frente, según AI.

El citado informe de Naciones Unidas muestra que el 38,4% de los varones camboyanos que han cometido una violación no experimentaron ninguna consecuencia por ello. El 5% de ellos ha cometido al menos una violación en grupo, uno de los porcentajes más altos de los países de Asia. “Muchas mujeres y niñas continúan aterradas por la violencia y las violaciones. Las hijas algunas veces son violadas en casa cuando la familia está trabajando, también sucede cuando las niñas van a trabajar al campo, lejos de casa”, explica Hang Sytha, líder del equipo provincial de Tbong Khmum que trabaja identificando casos de violencia dentro del hogar junto a Plan Internacional. “Los jóvenes camboyanos algunas veces van a los karaokes y pagan una mujer entre varios. Hay reuniones de trabajo que terminan en prostíbulos. ¿Cómo se pueden inculcar así políticas de igualdad?, se pregunta Montero.

El 38,4% de los varones camboyanos que han cometido una violación no experimentaron ninguna consecuencia

La tradición camboyana otorga un gran valor a la virginidad, un requisito previo para el matrimonio. Las mujeres, por ello, guardan silencio sobre las violaciones por vergüenza y porque podrían ver obstaculizada su posibilidad de casarse. Se piensa, además, que desflorar a una mujer virgen alarga la vida y cura enfermedades, lo que ha dado lugar a una industria de compradores de virginidad. Una investigación realizada en 2007 por la Organización Internacional para las Migraciones (IOM) con entrevistas a más de doscientas mujeres y niñas prostituidas, revela que el 38% de ellas tuvieron su virginidad comprada voluntaria o involuntariamente. El 74% de ellas tenían menos de 18 años y el 14% menos era menor de 15 años.

“Para muchas mujeres y niñas que entrevistamos, la pérdida de la virginidad fue tan vergonzosa que sintieron que la única alternativa que les quedaba era trabajar en la industria del sexo”, comentó la autora del informe. “El coste oscila entre 300 y 500 dólares y puede llegar hasta tres mil. Se da predominantemente en karaokes, hoteles y pensiones de alta categoría. El contrato entre los establecimientos del sexo con la familia de las mujeres y niñas es habitual, así los establecimientos evaden responsabilidades ante las autoridades contra la trata”, explica Montero.

Para las mujeres, la pérdida de su virginidad, supone convertirse en las “telas usadas” a las que hace referencia el proverbio jemer. Manchadas. Rotas.

Ey fue gritada diariamente por su marido y no denunció los abusos. ANA SALVÁ

Romper el silencio

“Los hombres son parte del problema, deben ser parte de la solución”, dijo una secretaria de Estado del Ministerio de Asuntos de la Mujer durante la presentación, en 2011, de la campaña nacional Good men para tratar de prevenir el maltrato. Bajo el lema “los hombres buenos valoran a las mujeres”, los últimos años se han realizado actividades, cuestionarios y anuncios de televisión donde aparecen esposos que contribuyen en la vida doméstica, participan en la educación de sus hijos o escuchan a sus hermanas o esposas.

La campaña ha sido apoyada por la Agencia Española de Cooperación (AECID) y la ONG Paz y Desarrollo. Hasta la fecha ha alcanzado a más de tres millones de adultos —Camboya tiene alrededor de 15 millones de habitantes—. “Se trata de la acción más grande e importante en el país para prevenir la violencia de género y ha contribuido a que el porcentaje de varones camboyanos que la rechazan haya aumentado. Además, ha tenido gran reputación internacional y otros gobiernos de la región han mostrado interés en ella”, explica Montero.

Tres mujeres, entre ellas Sum Dany, han recibido fondos y apoyo tecnológico de Asia Foundation para desarrollar aplicaciones móviles con el objetivo de dar a conocer la violencia de género y abrir la puerta a aquellas mujeres que quieran denunciar los abusos a través del teléfono móvil —el 93,7% de los camboyanos tiene un teléfono, según la organización—. La aplicación de Dany es la primera de ellas que está en desarrollo. “Habrá cuatro vídeos. Uno explicará el significado de la violencia. Otro el riesgo que corren las mujeres y niñas. El tercero, las leyes de violencia y protección de las víctimas que pueden ayudarlas. Por último, se mostrará el Chbab Srey que discrimina a las mujeres y algunas recomendaciones. También habrá preguntas sobre la violencia de género que serán como un juego, quienes den la respuesta correcta recibirán una recompensa”, explica Dany.

Cambiar las actitudes, tanto en la red como de forma presencial en las escuelas, es una de las tareas elementales para romper el silencio que impone la sociedad camboyana a las mujeres y niñas.