18 vidas en 65 metros

, ,

Refugiados y solicitantes de asilo viven escondidos en Tailandia por miedo a ser arrestados. El país no reconoce sus derechos y los encarcela hasta que consiguen pagar la deuda

Este artículo fue previamente publicado en El País Planeta Futuro y finalista de los Premios la Buena Prensa de 2015 en la categoría de reportaje

Escondidos en Tailandia - El hermano de Tamim está sentado en el suelo del piso de 65 metros cuadrados que comparte con 17 miembros de su familia. OLMO REVERTER

El hermano de Tamim está sentado en el suelo del piso de 65 metros cuadrados que comparte con 17 miembros de su familia. OLMO REVERTER

Escondidos en Tailandia

Tamim tiene 37 años y llegó a Bangkok huyendo de la guerra de Siria hace dos. Desde entonces vive prácticamente encerrado en el mismo apartamento de 65 metros cuadrados que comparte con los 17 miembros de su familia. En la casa apenas hay más mobiliario que un colchón en el suelo y un televisor que no encienden para que no suban las facturas de la electricidad. Y no pueden salir por miedo a ser detenidos y encarcelados.

Muchos refugiados llegan a Bangkok con un visado de turista que es fácil de conseguir en la Embajada de Tailandia de sus países. Así, en un primer momento entran de forma legal, pero cuando expiran sus permisos son considerados migrantes ilegales por la ley tailandesa. Así, pueden ser arrestados en cualquier momento ya que Tailandia no ha firmado la Convención de Refugiados de la ONU de 1951 que define quién es un refugiado y establece una serie de derechos además de las obligaciones de los Estados hacia ellos.

En Tailandia viven más de 75.000 refugiados y solicitantes de asilo de varios países registrados por el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). Según la Campaña de Solidaridad Palestina (PSC) en Bangkok residen alrededor de 300 refugiados palestinos, pero ACNUR ha registrado aproximadamente 1.300 solicitantes de asilo que esperan para ser reconocidos como refugiados. Según la organización, la larga espera es consecuencia del elevado número y los limitados recursos para procesar todos los casos. Las personas que esperan para ser registradas ante la Comisión de Derechos Humanos ha aumentado considerablemente durante los últimos años. A Tailandia cada vez llegan más refugiados que huyen del conflicto en Siria, muchos de ellos palestinos, y también llegan quienes escapan de la violencia contra las minorías religiosas en Pakistán.

El caso de los palestinos es aún más complicado que los de otros refugiados porque no tienen ningún Estado o Consulado que pueda asesorarlos o darles algún tipo de apoyo. “Si tienen permiso de trabajo intentamos protegerlos, pero sin un visado no pueden estar en el país”, dice el portavoz de la policía de Tailandia Prawit Thavornsiri.

En teoría, las obligaciones de Tailandia como firmante de la Convención sobre los Derechos del Niño, prohíben a las autoridades a detener a menores, excepto como una medida de último recurso y durante el menor tiempo posible. Pero pese a haber regresado a sus hogares, todos los refugiados y sus hijos pueden ser detenidos de nuevo en cualquier momento y encarcelados de nuevo indefinidamente. Algunos refugiados y solicitantes de asilo languidecen durante meses en las celdas de Tailandia hasta que pueden pagar sus fianzas.

Los refugiados en Tailandia pueden ser encarcelados en cualquier momento, incluidos mujeres y niños

“Algunas veces nos daban cerdo para comer [ilícito para los musulmanes]”, cuenta Tamim. “En mi celda había dos ancianos y tres niños pequeños de Afganistán de tres, cuatro y nueve años que no dejaban de llorar”.

Muchas organizaciones de derechos humanos han denunciado que las instalaciones en el centro detención de inmigrantes de Tailandia no cumplen las normas internacionales mínimas de higiene, alimentación adecuada, separación de hombres y mujeres, niños y adultos. O el acceso a luz natural, aire fresco y zonas recreativas.

La larga historia de estos sirios como refugiados comenzó hace casi siete décadas. La familia de Tamim huyó de Palestina cuando el Estado de Israel fue creado en 1948, desplazando a miles de personas de sus tierras. Desde entonces la familia de Tamim es apátrida y no tiene pasaporte, tan sólo posee un documento de viaje. Sin embargo, el chico pudo disfrutar de una vida acomodada en Siria. “Estudié derecho y administración de empresas. Trabajaba para una compañía canadiense. Tenía dinero, coches y tierras”, cuenta.

Pero su vida cambió de la noche a la mañana cuando estalló la guerra civil entre Bachar el Asad y los rebeldes en 2011. “Las bombas destruyeron todo lo que tenía. Primero me mudé a un apartamento y fue destruido por una bomba. Luego fui a otro y ocurrió lo mismo. Así hasta tres veces seguidas”.

Las cuentas bancarias de Tamim también fueron congeladas y, con tan sólo 700 dólares en el bolsillo, llegó a Tailandia junto a su mujer, su hijo y el resto de parientes para huir de esta guerra que ha dejado más de 200 mil muertos y cuatro millones de refugiados en menos de cinco años de conflicto, según la ONU. “Cada vez había más bombas y más disparos, teníamos que irnos. Fuimos a muchas embajadas, incluidas las de países árabes, pero no nos aceptaban. Sólo la de Tailandia nos dio un visado”, recuerda. “No teníamos ningún familiar aquí, no conocíamos a nadie, pero tuvimos que irnos para sobrevivir”.

Los visados de Tamim y su familia expiraron hace tiempo y ahora viven con la esperanza de ser reasentados en un tercer país. Los padres de Tamim comparten una habitación con los tres hombres solteros en la familia. Los demás se turnan para dormir en el sofá o en la segunda habitación disponible.

En casa de Tamim viven siete niños que han aprendido a jugar sin hacer ruido para no ser denunciados por los vecinos

Algunos tienen problemas de salud pero están demasiado aterrorizados para salir del apartamento e ir al hospital. En cualquier caso, tampoco podrían pagar las facturas médicas. La madre de Tamim sufre estrés agudo desde que huyó de la guerra y también tiene problemas en los dientes. “¿Ves esto de aquí? Tengo un bulto de sangre [en la cabeza]. ¿Y ves aquí? Tengo mis dientes rotos, no tengo incisivos. Me los rompí en Siria y aquí no tengo ningún tipo de asistencia médica. No puedo comer bien. Cada diente cuesta entre 10.000 y 11.000 THB [unos 700 euros]”, explica.

En el apartamento viven hacinados siete niños entre cuatro meses y 10 años que han tenido que aprender a jugar sin hacer mucho ruido porque todos tienen miedo a que los vecinos los denuncien a la policía. “Tengo dos hijos. El mayor no va a la escuela desde hace tres años a consecuencia de la guerra. En Siria no podía ir porque era muy peligroso. Ahora en Tailandia porque no puede salir de casa. Además suele jugar en el apartamento. Cada día, cada hora, me pregunta: ‘Mamá, ¿cuándo podré ir al colegio?’ Era el primero de su clase y ahora no puede estudiar. Tengo todos sus diplomas aquí en casa. Es una situación muy difícil para una madre”, cuenta la mujer de Tamim, que no quiere revelar su nombre.

Para agravar sus problemas, Tamim y otros seis palestinos fueron arrestados por primera vez por la policía tras una redada llevada a cabo en algunos vecindarios de la capital tailandesa donde residen familias de Oriente Medio.Fue realizada pocos días después de la bomba que el pasado 17 de agosto estalló en un popular santuario de Bangkok muy frecuentado por tailandeses y extranjeros y que causó 20 muertos y más de cien heridos. Sin embargo, Tamim afirma que ninguno de ellos fue interrogado como sospechoso.

Tras el atentado fueron detenidos 21 refugiados y solicitantes de asilo de origen palestino, incluidos 13 mujeres y niños que fueron puestos en libertad tras pagar una multa. Los siete varones fueron enviados a juicio y posteriormente al Centro de Detención de Inmigrantes (IDC) donde permanecieron encerrados durante 12 días en una minúscula celda con poca ventilación hasta que pudieron pagar la deuda gracias a la Campaña de Solidaridad con Palestina (PSC) y algunos individuos.

Detenciones arbitrarias

Las recientes detenciones en Bangkok son parte de una nueva campaña contra los migrantes extranjeros irregulares que viven en las zonas urbanas de Bangkok, según Human Rights Watch (HRW). En marzo, por ejemplo, las autoridades arrestaron y detuvieron a 200 refugiados, en su mayoría pakistaníes y somalíes, en una serie de redadas autorizadas por el Gobierno militar tailandés.

Los migrantes de las vecinas Birmania, Camboya o Laos en general pasan varios días o semanas en prisión tras ser arrestados y a continuación son llevados a la frontera para ser deportados o puestos en libertad. Sin embargo, los procedentes de países que no comparten frontera con Tailandia tan sólo pueden elegir entre pagar por regresar al país del que huyen, permanecer escondidos de manera indefinida o esperar meses o años la posibilidad de ser reasentados en un tercer país, explica un informe de HRW publicado en 2014 que denuncia la detención de niños migrantes en Tailandia.

En Tailandia viven más de 300 refugiados y 1.300 solicitantes de asilo palestinos que esperan ser reasentados en un tercer país

Uno de los primos de Tamim, que prefiere permanecer en el anonimato, llegó a Tailandia en octubre de 2013 y, dos años más tarde, todavía está a la espera de ser reconocido como refugiado por ACNUR. Llegó a Tailandia un par de meses después de Tamim para poder terminar su carrera de finanzas en la universidad de Siria. “Tailandia me proporcionó una visa sin condiciones. No podía escapar de Siria hacia otro país de alrededor. Turquía no acepta a los palestinos. Incluso tuve que pedir un permiso de 24 horas para poder entrar en Líbano para coger el vuelo a Bangkok”, relata.

“Cuando estaba en Siria todo era muy caótico y la vida se había vuelto muy cara. Lo que antes valía 10, después valía 50. No podía quedarme allí. Además, después de acabar mis estudios tenía que entrar en el Ejército y no quería empuñar un arma. Cuando vivía en Siria era refugiado y no tenía la ciudadanía, pero nos trataban como sirios porque vivíamos bajo el paraguas de UNRWA [la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo], explica. “Una regulación de ACNUR dice que fuera del paraguas de la UNRWA debemos recibir la condición de refugiado de inmediato. Pero el ACNUR está tratando de ignorarlo”, añade.

Otro de los primos de Tamim es arqueólogo y sus estudios se están desperdiciando. “Después de todo lo que he estudiado en Siria, lo he perdido todo. No puedo trabajar. Tengo educación, pero no puedo hacer nada aquí”, explica. La familia de Tamim vive en estas circunstancias desde 2013. Cuando llegaron a Bangkok alquilaron un pequeño apartamento donde las mujeres y los hombres dormían separados en dos habitaciones. Al tercer día la abuela de Tamim fue al hospital porque no podía respirar, hacinada en la habitación donde vivía. Murió una semana más tarde y la familia no tenía dinero para pagar la factura del hospital, por lo que no se les permitió llevarse su cuerpo. “No nos dejaban sacarla del hospital para poder rezar por ella. Finalmente acordamos un pago mensual”, cuenta Tamim.

La familia se mudó a un apartamento en una barriada de Bangkok donde viven desde entonces y recibe una ayuda de Acnur de 60 euros al mes para los 17 miembros de la familia que no les llega para pagar el alquiler. En el mismo edificio viven otros 70 palestinos. “Nosotros fuimos los primeros en llegar”, explica Tamim. La mayoría de ellos viven de la caridad o haciendo pequeños trabajos ilegales para poder sobrevivir.

La madre de Tamim corta chiles en el salón de casa pero no gana más de un dólar por cada kilo. Algunos de los varones de la familia salen de casa a buscar trabajo, pero algunas veces deben pagar en sobornos más dinero que lo que han ganado. “La policía está tratando de aprovecharse de su situación. Saben que vivimos aquí y se quedan en la puerta para esperarnos. No tenemos suficiente dinero para pagarles, cada vez que nos detienen nos piden 3.000 THB [unos 75 euros]”, explica Tamim.

“Es muy difícil y muy peligroso. No puedo ir al supercmercado, cuando necesitamos algo le pedimos a un conductor de motocicleta que vaya por nosotros. Tampoco puedo ir al hospital en cualquier momento. Si necesito salir a alguna parte debo ir en taxi, no podemos coger el transporte público porque podría detenernos la policía”, cuenta.

“Desde que hemos llegado a Tailandia mi abuela ha muerto. Tenemos problemas de salud. Sólo podemos comer una vez al día. Tengo dos hijos, no quiero que se vayan a prisión. Además no están recibiendo ningún tipo de educación, no sé qué será de ellos en el futuro”, dice Tamim.”Si termina la guerra, quiero regresar a Siria”.